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lunes, 4 de noviembre de 2013

SOMOS SEMILLA

 Toda la semana pasada me quemó la cabeza la idea del ciclo de siembra. En el celu tengo algunas prédicas, con temas variados, pero había una a la que iba recurrentemente, el autor es Marcos Vidal, y el tema era la siembra.
    Llega el día sábado, y en los grupos, el tema base de lo que se desarrolló fue la siembra y la cosecha. ¡Era una persecución! Pero consideraba que hasta aquí llegó a su conclusión este asunto; hasta que se abre la reunión, el primer culto congregacional de los sábados. Mi pastora toma la posta y lee esto:
     Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos.
                                       Filipenses 3:7 al 11 (RVR 60)
    Y detalló que no estábamos enterrados en cosas o situaciones, tal como lo pensábamos o nos lo habrían declarado, sino que estábamos sembrados, tal como lo está una semilla con el potencial encapsulado de ser un árbol. ¡Otra vez la siembra!
    Antes de esto, estuve reflexionando durante un tiempo, que cuando nos dice nuestro Dios de sembrar, que no puede ser engañado, que lo que se siembra se siega (Gálatas 6:7y 8) o cuando nos habla de que algunos sembrarán con lágrimas y otros cosecharán con regocijo, y que cosecharemos lo que otro sembró, y sembraremos para que otro coseche (Salmos 126:6 y Juan 4:35-38), hay una verdad encerrada, el campo sobre el cual sembramos no es el nuestro.
   Me sorprende mi suegro, un tipazo y además un sensible hombre de Dios; cuando el boom cerealero invade casi todas las áreas de la labor agropecuaria, él, en su Chaco, sigue sembrando algodón, y en medio de cualquier observación ajena, hay que reconocerle algo, el campo es suyo, y él siembra lo que mejor considere. Si llegare a contratar a algún peón, tendrá que sembrar lo que a mi suegro se le venga en gana. Y si este empleado rural decidiera, por considerarlo una mejor opción, sembrar otra variedad de semilla, el tiempo dará su veredicto, pues algodón no será lo que se coseche.
   Hay veces en que pensamos que somos dueños del terreno a sembrar, sea este un hogar, una plaza, o nuestro trabajo, ministerio o familia. Es más aunque fuera nuestra propia interioridad, no es nuestra, Jesús la compró vertiendo toda su sangre a tierra. Lo bueno sería comunicarnos con el dueño, y preguntarle, ¿qué querés que siembre, y cómo es tu deseo que lo haga? Reconocé lo que hizo por el mundo (Juan 3:16), considerá que lo hizo por vos, y que te amó en ese acto sacrificial; y reconocelo como el Señor, como al único dueño del campo a sembrar, y sembrate, así podrás saber cuán grande es el potencial que vio en vos, el cual lo motivó a entregarse a tan terrible sacrificio. El sabía que era "semilla".
       ¡Todas esas personas están a nuestro alrededor como testigos! Por eso debemos dejar de lado el pecado que es un estorbo, pues la vida es una carrera que exige resistencia.
 Pongamos toda nuestra atención en Jesús, pues de él viene nuestra confianza, y es él quien hace que confiemos cada vez más y mejor. Jesús soportó la vergüenza de morir clavado en una cruz porque sabía que, después de tanto sufrimiento, sería muy feliz. Y ahora se ha sentado a la derecha del trono de Dios.
                        Hebreos 12:1 y 2 (TLA)

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