Seguramente en esta anécdota que relataré a continuación,
contaré acerca de cosas mías que no me enorgullecen. Pero espero que, como
cuando Dios se muestra en hombres terriblemente imperfectos en su Palabra, te
hable tanto como a mí al pensar en esta vivencia mía.
Benicio, mi bebé de un año y tres meses, está padeciendo un
cuadro viral intestinal, que lo ha llevado a intensas fiebres, vómitos y
descomposturas. Le cambió, su pediatra,
el antitérmico, porque no era efectivo el que habitualmente usa. En la primera
toma se notó una mejoría notable, sumado a esta aplicación medicamentosa, unas sales para rehidratarlo.
A la madrugada se despierta con un color grisáceo en la
piel, y con movimientos que iban de un temblor a bruscos sacudones
involuntarios. No fueron convulsiones, nunca perdió el estado de conciencia,
pero a mi parecer era algo de origen neurológico.
Frente al estado alarmante, por lo menos para nosotros sus
papás, y frente a la insistencia de Gladys, argumentando que la cercanía geográfica nos garantizaría una atención más
rápida, nos dirigimos al Hospital Evita.
Craso error, nos encontramos con un administrativo y un
personal de seguridad que nos maltrataron, o mejor dicho nos destrataron. A
todo esto Benicio empezó a cambiar el color de sus labios hacia un azulado y
demostraba no poder respirar de forma correcta. Ni aún en esta circunstancia me
dieron una atención primaria, una revisión de signos y síntomas, algo que una
persona con la mínima instrucción sanitaria podría hacer. Pero no.
Me encendí en cólera, gracias a Dios no lo suficiente.
Frente a la impotencia pateé la puerta de la guardia, y emprendí a buscar el
auto en el estacionamiento, y fui hacia la salida. Allí había un policía armado
con una itaca y un muchacho en la barrera que me preguntó que me pasó (luego me
di cuenta que, posiblemente, le habían comunicado de mi reacción y de mi
advertencia de afectar la salud física de los destratadores de la guardia)
No me importaba la itaca, ni la seguridad, ni la cana, ni
nada. Necesitaba lo que yo no le podía dar a mi hijo, una atención inmediata y
experta.
Impropié a este muchacho custodiado por el efectivo armado y
le dije que me abra o me lo tomaría personalmente con él, que la atención que
me negaron la iba a conseguir a pesar suyo. Y me levantó la barrera.
Estaba dispuesto a
lastimar a quien sea para que reciba la atención que yo no le podía dar.
Y esa desesperación es la que a veces nos moviliza en las
calles, la ansiedad de llevar a la persona ante el que sabe cómo y puede
ayudarle. En medio de esa ansia, nos
equivocamos, pecamos de insistentes y no entendemos por qué no aceptan la única
salida posible.
Así como mi único objetivo era llevarlo ante la persona que
sabía y podía asistir a mi bebé, mi ansia me objetiviza a llevar a la persona a
Cristo lo más eficientemente posible. Derribando obstáculos aún a pesar de
confrontar a la persona con su terrible realidad.
Hay que llegar, hay
que llegar, hay que llegar…. Era mi único pensamiento.
Y llegamos a casa cuna, lo miró una pediatra, le tomó la
fiebre y tenía casi cuarenta, y en esa instancia lo veíamos mejor, así que
estimamos que superó esa marca y por eso, nos explicó la doctora, de tales
manifestaciones alarmantes. Le administró el antitérmico y nos hizo llevar al
lado de una piletita para aplicarle compresas. Con la simpleza y la eficacia
del que sabe que hacer. Hasta hoy, ya pasó más de veinticuatro horas sin
fiebre. Y dos minutos, agua y unas gazas, alcanzaron.
La simpleza del evangelio es así. Queremos adornarlo,
hacerlo ver más agradable o queremos “estrategiarlo”, para llegar a más
personas.
Fiebre, agua fresca.
Condenación, Cruz y arrepentimiento genuino.
Seguiré aprendiendo a administrar mis ansiedades, en la vida
y en el servicio que Dios me encomendó. Pero mi objetivo es firme:
“Hay que llegar, hay
que llegar, hay que llegar….”
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